En el Minián Hebraica no solo nos encanta crear arte inspirado en la Torá: también escribimos. Lo que sigue es un fragmento de un libro de uno de nuestros miembros, quien les escribe, Morgan Friedman, basado en lo que aprendió estudiando con el maravilloso rabino del Minián, Moishe Brand, sobre la visión del judaísmo acerca del perdón. A continuación compartimos un extracto de su libro Meditaciones sobre el perdón.
En el judaísmo, para las ofensas cometidas contra otra persona, existen tres niveles de perdón. Eso fue lo que aprendí del rabino de Jabad Moishe Brand, del Minián Hebraica de la Sociedad Hebraica Argentina.
El primero, el más básico y el único que es obligatorio, es el que exige la ley judía, la Halajá. Y, en esencia, dice lo siguiente: cuando se cumplen estas tres condiciones, estás obligado a perdonar a quien te ofendió:
(A) que esa persona se disculpe de manera explícita,
(B) que te pida perdón explícitamente,
y (C) que además haya atravesado un proceso de trabajo interior para transformarse de verdad y dejar de ser el tipo de persona que probablemente volvería a cometer esa misma falta.
Ese trabajo interno de transformarse en una mejor versión de uno mismo se llama en hebreo תְּשׁוּבָה (Teshuvá).
A este primer nivel también se lo podría llamar סְלִיחָה (Slicha), que básicamente significa perdonar y seguir adelante. Slicha es la palabra hebrea que se usa para decir “perdón”, como cuando chocás accidentalmente con alguien o la famosa palabra canadiense.
Practicar la Slicha es el requisito mínimo que establece la ley judía.
Es interesante notar que la Slicha resulta mucho más fácil cuando no tenés intención de mantener una relación con la otra persona. Si alguien te choca en la calle —aunque te haya dolido— probablemente lo perdones enseguida, en parte porque asumís que nunca más lo vas a volver a ver.
La ley judía se preocupa primero por la justicia y la equidad antes que por preservar las relaciones personales. Como resultado, este requisito mínimo quizás no alcance para salvar un vínculo, pero sí permite que una comunidad funcione con una sensación de justicia compartida.
El tipo que te chocó, te dice “Slicha“, se disculpó… y como realmente no te importa construir una relación con él, aceptás la disculpa y seguís con tu vida.
Vale aclarar que, como suele pasar con la ley judía, el tema tiene una cantidad casi infinita de matices que acá estamos simplificando muchísimo. Pero hay uno particularmente interesante: si te parece evidente que la disculpa no es sincera y que la persona en realidad no cambió, sino que simplemente está pidiendo perdón porque le conviene, entonces no estás obligado a perdonarla.
El judaísmo no promueve que seas un ingenuo. Pedir disculpas falsas para obtener una ventaja momentánea es una señal bastante clara de alguien que está intentando aprovecharse de una persona más confiada.
El segundo nivel —todavía más elevado y más cercano a Dios que el anterior, aunque ni este ni el siguiente son obligatorios— se llama מְחִילָה (Mejilá).
La Mejilá consiste, en esencia, en borrar el daño.
Es muchísimo más difícil, pero es un ideal al que vale la pena aspirar cuando querés preservar la relación con la otra persona, incluso si esa persona nunca pidió perdón o nunca hizo Teshuvá.
Consiste en superar la ofensa borrando de tu propio corazón el daño que esa persona te causó.
Quizás nunca se haya disculpado sinceramente. Quizás nunca haya crecido como ser humano. Pero, aun así, vos decidís olvidar deliberadamente la ofensa. Es como si nunca hubiera ocurrido.
Es una forma de perdonar mucho más poderosa, que va muchísimo más allá del mínimo indispensable del primer nivel.
El tercer, último y más alto nivel —el ideal al que aspirar para acercarse a Dios— se llama כַּפָּרָה (Kapará).
La Kapará consiste en trascender completamente el acto y comprender que el daño que esa persona te hizo fue, en última instancia, para bien.
Que formaba parte de un plan divino para vos y para la humanidad.
Que eso tenía que ocurrir precisamente para que vos pudieras aprender, crecer y convertirte en una mejor persona gracias a esa experiencia.
Es el nivel al que llega Iosef cuando perdona a sus hermanos por haberlo vendido como esclavo. Comprende que aquello tenía que haber sucedido y que, en definitiva, fue para bien, porque años después eso le permitió estar en la posición desde la cual pudo salvar a toda su familia.
